La Amazonía perdió 33 mil hectáreas de agua en 25 años

 


Amazonía sin cauce: minería, ganadería y deforestación dejaron a comunidades sin agua para beber

Una investigación periodística que analizó 25 años de datos satelitales sobre cuatro ríos amazónicos de Bolivia, Colombia, Perú y Venezuela encontró que la región perdió casi 33.000 hectáreas de agua natural, mientras la minería ilegal genera pozas de "agua artificial" que dan la falsa impresión de que el recurso aumenta.

"La gente piensa que como vivimos en la selva tenemos bastante agua, pero la realidad es esta", dice Erick Tijé, poblador indígena harakmbut de la Amazonía sur de Perú, mientras señala el agua turbia del río Inambari. Ese río no es el mismo de hace cinco años: la minería ilegal les robó el agua para devolvérsela contaminada, y hoy la comunidad de Arazaire debe comprar el agua que bebe. Del otro lado de la frontera, en el departamento colombiano de Caquetá, el mayor Lázaro Ibáñez, del pueblo coreguaje, ve cómo la ganadería y el cambio climático reducen la disponibilidad de agua en su territorio: "el ganado ha venido tumbando todo y ahora se ve puro potrero, y ya casi no quedan árboles".

Una investigación con 25 años de datos satelitales
Un equipo de periodistas de Mongabay Latam, El Espectador y Correo del Caroní, junto con científicos del Instituto Serrapilheira de Brasil, analizó más de dos décadas de datos satelitales para entender los cambios en cuatro cuencas amazónicas: el río Beni, en Bolivia; el Caquetá, en Colombia; el Madre de Dios, en Perú; y el Caroní, en Venezuela. El trabajo forma parte de Aguas Partidas, una alianza periodística coordinada por el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística, con apoyo científico de MapBiomas y de la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada. Se analizaron 722 microcuencas a lo largo de 25 años, entre 2000 y 2024, con datos históricos cruzados con información de precipitaciones para identificar los tramos más críticos. Más de la mitad de los tramos revisados -393 de 722- registraron una pérdida de agua natural, que en conjunto equivale a casi 33.000 hectáreas. Bajo esas microcuencas viven al menos 74 pueblos indígenas, repartidos en 202 territorios.

El agua que engaña
El fenómeno más llamativo es lo que los científicos llaman "agua artificial o antrópica": cuerpos de agua que surgen o se transforman por el uso humano, como pozas de minería o embalses de represas, y que en los mapas satelitales dan la apariencia equivocada de que el agua disponible aumentó. "El agua antrópica es, en realidad, agua asociada a un uso: puede ser de acuicultura, de minería o represas y embalses. A veces es un cuerpo que se crea donde no había nada. Otras, una laguna que era natural y que, al destinarse a un uso, pasa a ser antrópica", explica la ingeniera ambiental Eva Mollinedo, coordinadora técnica de MapBiomas Agua Bolivia. En las tres cuencas con actividad minera -Madre de Dios, Beni y Caroní- al menos una de cada seis microcuencas analizadas, 121 de 722, pierde agua natural y gana agua artificial al mismo tiempo y en el mismo lugar. De cada cinco hectáreas de esa agua artificial, más de cuatro aparecen dentro de territorio indígena. En Perú, además, el 99,7% del agua artificial nueva se concentra en apenas 45 de las 84 microcuencas con minería, y en la cuenca del Beni las microcuencas con minería ilegal ganaron un 21,5% de superficie de agua mientras las que no tienen minería perdieron un 17,2%. El patrón no se explica por la lluvia: las microcuencas mineras que "ganan" agua son, justamente, las que menos llueve.

Una esponja que se rompe
En Colombia, donde la presión dominante es la ganadería y no la minería, las microcuencas más deforestadas son también las que más agua pierden. La explicación remite a cómo funciona el bosque amazónico: según describió en 2019 un equipo de científicos holandeses, la selva actúa como una esponja que absorbe el agua de lluvia y la libera gradualmente. Un estudio de 1979 del climatólogo brasileño Enéas Salati, convertido desde entonces en referencia sobre el ciclo hídrico amazónico, estableció que la mitad de la lluvia que cae sobre la Amazonía vuelve al aire porque los árboles la absorben con sus raíces y la liberan como vapor a través de las hojas, formando nubes que redistribuyen la humedad hacia el interior de la cuenca. Cuando se tala el bosque, esa esponja se rompe. "Donde se tumban los árboles, se secan los lagos y las cabeceras, que es de donde sale el agua", resume Ibáñez. Un estudio publicado en febrero de 2026, en el que participó el meteorólogo brasileño José A. P. Veiga, encontró que por cada punto porcentual de bosque tropical perdido caen, en promedio, unos 2,4 milímetros menos de lluvia regional al año: la deforestación no solo seca el lugar donde ocurre, sino que altera el clima de toda la región.

Lo que ven las comunidades
Los líderes del resguardo Jácome, en el Caquetá colombiano, cuentan que las estaciones dejaron de ser predecibles. En Tomachi, Bolivia, Roxana Pizza Tupa, presidenta del pueblo indígena leco, observa algo similar desde otro punto de la Amazonía: "el calor aumenta y eso nos afecta los ojos de agua". Los periodistas viajaron a los territorios con mapas impresos para que pobladores de los pueblos harakmbut, coreguaje, leco y pemón ayudaran a reconstruir los cambios en sus propias fuentes de agua: aquellas donde juegan, beben, pescan, se bañan y encuentran sustento, o en algunos casos, donde ya no pueden hacerlo.


Fecha de Publicación: 01/10/2026
País/Región: Amazonas
Fuentes Consultadas: Diario Los Tiempos (Bolivia), Portla Mongabay, Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP)

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