Los océanos absorbieron un calor récord en 2025

 


Los océanos sumaron en 2025 calor adicional igual a 40 veces el consumo mundial de energía

El décimo Informe sobre el Estado del Océano de Copernicus, elaborado con aportes de 125 científicos, advirtió que los mares del planeta absorbieron en 2025 una cantidad de calor equivalente a cuarenta veces todo lo que consume la humanidad en un año, con impactos que ya alcanzan a los arrecifes de coral, la acidificación del agua y el fitoplancton que sostiene las cadenas alimentarias marinas.

Los océanos absorbieron en 2025 unos 23 zettajulios adicionales de energía, una cantidad equivalente a unas cuarenta veces toda la energía consumida por la humanidad durante ese mismo año, según el décimo Informe sobre el Estado del Océano del Servicio Marino de Copernicus de la Unión Europea. Un zettajulio equivale a 10 elevado a la 21 julios, una unidad utilizada para expresar cantidades extraordinariamente grandes de energía, como el calor acumulado por los océanos. El estudio, elaborado por Mercator Ocean International con aportes de 125 científicos de Europa y del resto del mundo, constató que el aumento del contenido de calor oceánico se acelera de forma sostenida desde 1960. "El océano se está transformando ante nuestros ojos: el calentamiento, la subida del nivel del mar y la degradación de los ecosistemas son señales interconectadas de un cambio significativo y a largo plazo", señaló el director general de Mercator Ocean International, Pierre Bahurel.

Un calor que no se ve en la superficie
Copernicus remarca que el aumento de la temperatura del agua alimenta las olas de calor marinas, puede intensificar las tormentas y contribuye a la subida del nivel del mar mediante la expansión térmica, además de alterar los ecosistemas. Los investigadores combinaron observaciones de la superficie con mediciones del contenido de calor hasta unos 40 metros de profundidad, y comprobaron que una parte significativa de esa energía puede permanecer oculta bajo la superficie, por lo que las temperaturas que se miden en la parte más superficial del mar no alcanzan a mostrar por sí solas toda la magnitud del calentamiento. En 2024, el Mediterráneo y el mar Negro registraron olas de calor marinas récord, algunas de más de treinta días de duración, con temperaturas más de 4,6 grados por encima de la media: la temperatura del Mediterráneo se ubicó ese año 1,23 grados por encima de su referencia de largo plazo, y su parte oriental registró sus condiciones de ola de calor marina más extremas desde 2002.

Mares más ácidos y arrecifes en crisis
La acumulación de calor coincide con otros cambios profundos en el océano mundial. El nivel medio global del mar aumentó a un ritmo de 3,8 milímetros anuales entre 1999 y 2025, mientras que en el período más reciente, entre 2012 y 2025, esa velocidad alcanzó los 4,2 milímetros por año. En paralelo, los océanos se volvieron aproximadamente un 17% más ácidos entre 1985 y 2025, un proceso químico que afecta directamente la capacidad de moluscos, corales y otros organismos para construir sus estructuras calcáreas. El impacto sobre los arrecifes ya es severo: entre enero de 2023 y septiembre de 2025, el 84,4% de los arrecifes de coral del planeta estuvo expuesto a niveles de estrés térmico capaces de provocar blanqueamiento, superando el episodio mundial de blanqueamiento masivo anterior.

El fitoplancton, la base de la cadena alimentaria, también cambia
El informe señala además que casi el 5% del océano mundial experimentó durante las últimas tres décadas cambios persistentes en los patrones estacionales de crecimiento del fitoplancton, los organismos microscópicos que sustentan buena parte de las cadenas alimentarias marinas y cumplen un papel esencial en los flujos de carbono del océano. Esas alteraciones, aunque afectan a una porción todavía acotada del océano global, son un indicador temprano de cómo el calentamiento puede reorganizar la base de los ecosistemas marinos.

Los más vulnerables: los pequeños Estados insulares
El documento presta especial atención a los pequeños Estados insulares en desarrollo, particularmente expuestos al calentamiento y a la subida del nivel del mar. Desde 1960, todas sus zonas económicas exclusivas experimentaron calentamiento oceánico, y el 65% de su superficie marítima está expuesta a una aceleración de la subida del nivel del mar desde 1999, una combinación que amenaza directamente la disponibilidad de recursos pesqueros y la estabilidad costera de esos territorios.

Diez años de seguimiento continuo
Copernicus considera que el monitoreo sostenido del océano resulta esencial no solo para documentar estos cambios, sino también para mejorar las alertas tempranas y preparar infraestructuras y comunidades frente a los riesgos futuros. "Diez años después, el Informe Copernicus sobre el Estado del Océano ofrece mucho más que una serie de instantáneas anuales", señaló su directora, Karina von Schuckmann, quien destacó que la observación sostenida y los modelos permiten identificar qué está cambiando, dónde y por qué, y anticipar sus consecuencias.


Fecha de Publicación: 02/10/2026
País/Región: Internacional
Fuentes Consultadas: Agencia EFE Verde, Copernicus / Mercator Ocean International

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El mundo acordó dejar los fósiles pero no sabe cómo

 


Por qué el mundo acordó abandonar los combustibles fósiles pero aún discute cómo hacerlo

Tres años después de que cerca de 200 países acordaran alejarse del carbón, el petróleo y el gas, solo una docena de los planes climáticos nacionales presentados ante la ONU detalla cómo piensa hacerlo, mientras Brasil intenta armar una hoja de ruta voluntaria de cara a la próxima cumbre climática en Turquía.

Tres años después de que cerca de 200 países acordaran abandonar los combustibles fósiles, el mundo todavía discute qué significa ese compromiso en la práctica. La COP28 de Dubái, en diciembre de 2023, fue la primera cumbre climática de la ONU en mencionar explícitamente la necesidad de alejarse del carbón, el petróleo y el gas en su texto final, pero no incluyó ningún mecanismo para ejecutar esa promesa. De los 146 planes climáticos nacionales actualizados y presentados ante la ONU hasta agosto de 2024, 101 mencionan la transición, pero solo 12 detallan cómo la llevarán adelante, según un análisis de la Alianza Más Allá del Petróleo y el Gas compartido con el medio especializado Dialogue Earth. La cifra expone la brecha entre la retórica y la acción.

El intento de Brasil por ordenar la transición
Brasil, presidente de la COP30 realizada en Belém el año pasado, intentó convertir una hoja de ruta global en parte de las negociaciones oficiales durante noviembre de 2025, pero las diferencias entre países se lo impidieron. En su lugar, propuso construir durante 2026 un documento voluntario, conocido como TAFF por sus siglas en inglés, en consulta con los gobiernos, para presentarlo antes de la próxima cumbre. Ana Toni, directora ejecutiva de la COP30, describió la propuesta como "un marco" más que un conjunto de directrices, diseñado para mostrar qué está avanzando y no para dictar qué deben hacer los países: "la transición no es un tabú, tiene que discutirse", declaró. La presidencia brasileña identificó cuatro ejes para acelerar la salida de los combustibles fósiles: reformar la arquitectura financiera internacional, fortalecer la capacidad técnica, aumentar la cooperación y priorizar una transición justa. Sin embargo, Alejandra López, directora de diplomacia climática de la organización Transforma, advirtió que el riesgo es repetir los errores de la hoja de ruta de financiamiento climático de 1,3 billones de dólares, que "carece de un plan sobre quién hace qué".

Turquía prioriza la electrificación, sin mencionar los fósiles
Otro obstáculo lo señaló Paola Yanguas Parra, asesora del Instituto Internacional para el Desarrollo Sostenible: Turquía, país anfitrión y presidente de la COP31, prevista del 9 al 20 de noviembre en la ciudad de Antalya, no convirtió la transición energética en una prioridad de la conferencia. En cambio, puso el foco en la electrificación, sin abordar directamente la reducción de la producción y el uso de combustibles fósiles. "Si los países no lo impulsan, la hoja de ruta podría caer en el olvido", advirtió Yanguas Parra, y agregó que la meta de electrificación turca "tiene que ocurrir en paralelo con la transición de los fósiles", una coordinación que hasta ahora no observa.

Posiciones enfrentadas entre países productores
Las posturas de los países productores reflejan la tensión de fondo: Rusia argumentó que el gas es un combustible de transición legítimo, mientras Noruega remarcó que su producción de gas ya tiene emisiones relativamente bajas. Las Islas Marshall pidieron mayor claridad sobre la necesidad de reducir la producción de petróleo, gas y carbón, y Vanuatu exigió directamente un tratado vinculante que "apoye una eliminación progresiva gestionada y equitativa". El nivel de participación en el proceso de consulta abierto por Brasil también deja dudas sobre su alcance: de los 195 países que integran la convención climática de la ONU, solo 18 gobiernos, la Unión Europea y dos bloques negociadores -el grupo de 44 Países Menos Desarrollados y la Alianza de 39 Pequeños Estados Insulares- presentaron aportes formales durante la etapa inicial de consultas, en febrero de este año. La COP31, en Turquía, se perfila así como la prueba de fuego para un compromiso que, por ahora, sigue siendo más retórico que real.


Fecha de Publicación: 01/10/2026
País/Región: Internacional
Fuentes Consultadas: Portal EcoNews, Dialogue Earth (Reino Unido), Alianza Más Allá del Petróleo y el Gas (BOGA)

La Amazonía perdió 33 mil hectáreas de agua en 25 años

 


Amazonía sin cauce: minería, ganadería y deforestación dejaron a comunidades sin agua para beber

Una investigación periodística que analizó 25 años de datos satelitales sobre cuatro ríos amazónicos de Bolivia, Colombia, Perú y Venezuela encontró que la región perdió casi 33.000 hectáreas de agua natural, mientras la minería ilegal genera pozas de "agua artificial" que dan la falsa impresión de que el recurso aumenta.

"La gente piensa que como vivimos en la selva tenemos bastante agua, pero la realidad es esta", dice Erick Tijé, poblador indígena harakmbut de la Amazonía sur de Perú, mientras señala el agua turbia del río Inambari. Ese río no es el mismo de hace cinco años: la minería ilegal les robó el agua para devolvérsela contaminada, y hoy la comunidad de Arazaire debe comprar el agua que bebe. Del otro lado de la frontera, en el departamento colombiano de Caquetá, el mayor Lázaro Ibáñez, del pueblo coreguaje, ve cómo la ganadería y el cambio climático reducen la disponibilidad de agua en su territorio: "el ganado ha venido tumbando todo y ahora se ve puro potrero, y ya casi no quedan árboles".

Una investigación con 25 años de datos satelitales
Un equipo de periodistas de Mongabay Latam, El Espectador y Correo del Caroní, junto con científicos del Instituto Serrapilheira de Brasil, analizó más de dos décadas de datos satelitales para entender los cambios en cuatro cuencas amazónicas: el río Beni, en Bolivia; el Caquetá, en Colombia; el Madre de Dios, en Perú; y el Caroní, en Venezuela. El trabajo forma parte de Aguas Partidas, una alianza periodística coordinada por el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística, con apoyo científico de MapBiomas y de la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada. Se analizaron 722 microcuencas a lo largo de 25 años, entre 2000 y 2024, con datos históricos cruzados con información de precipitaciones para identificar los tramos más críticos. Más de la mitad de los tramos revisados -393 de 722- registraron una pérdida de agua natural, que en conjunto equivale a casi 33.000 hectáreas. Bajo esas microcuencas viven al menos 74 pueblos indígenas, repartidos en 202 territorios.

El agua que engaña
El fenómeno más llamativo es lo que los científicos llaman "agua artificial o antrópica": cuerpos de agua que surgen o se transforman por el uso humano, como pozas de minería o embalses de represas, y que en los mapas satelitales dan la apariencia equivocada de que el agua disponible aumentó. "El agua antrópica es, en realidad, agua asociada a un uso: puede ser de acuicultura, de minería o represas y embalses. A veces es un cuerpo que se crea donde no había nada. Otras, una laguna que era natural y que, al destinarse a un uso, pasa a ser antrópica", explica la ingeniera ambiental Eva Mollinedo, coordinadora técnica de MapBiomas Agua Bolivia. En las tres cuencas con actividad minera -Madre de Dios, Beni y Caroní- al menos una de cada seis microcuencas analizadas, 121 de 722, pierde agua natural y gana agua artificial al mismo tiempo y en el mismo lugar. De cada cinco hectáreas de esa agua artificial, más de cuatro aparecen dentro de territorio indígena. En Perú, además, el 99,7% del agua artificial nueva se concentra en apenas 45 de las 84 microcuencas con minería, y en la cuenca del Beni las microcuencas con minería ilegal ganaron un 21,5% de superficie de agua mientras las que no tienen minería perdieron un 17,2%. El patrón no se explica por la lluvia: las microcuencas mineras que "ganan" agua son, justamente, las que menos llueve.

Una esponja que se rompe
En Colombia, donde la presión dominante es la ganadería y no la minería, las microcuencas más deforestadas son también las que más agua pierden. La explicación remite a cómo funciona el bosque amazónico: según describió en 2019 un equipo de científicos holandeses, la selva actúa como una esponja que absorbe el agua de lluvia y la libera gradualmente. Un estudio de 1979 del climatólogo brasileño Enéas Salati, convertido desde entonces en referencia sobre el ciclo hídrico amazónico, estableció que la mitad de la lluvia que cae sobre la Amazonía vuelve al aire porque los árboles la absorben con sus raíces y la liberan como vapor a través de las hojas, formando nubes que redistribuyen la humedad hacia el interior de la cuenca. Cuando se tala el bosque, esa esponja se rompe. "Donde se tumban los árboles, se secan los lagos y las cabeceras, que es de donde sale el agua", resume Ibáñez. Un estudio publicado en febrero de 2026, en el que participó el meteorólogo brasileño José A. P. Veiga, encontró que por cada punto porcentual de bosque tropical perdido caen, en promedio, unos 2,4 milímetros menos de lluvia regional al año: la deforestación no solo seca el lugar donde ocurre, sino que altera el clima de toda la región.

Lo que ven las comunidades
Los líderes del resguardo Jácome, en el Caquetá colombiano, cuentan que las estaciones dejaron de ser predecibles. En Tomachi, Bolivia, Roxana Pizza Tupa, presidenta del pueblo indígena leco, observa algo similar desde otro punto de la Amazonía: "el calor aumenta y eso nos afecta los ojos de agua". Los periodistas viajaron a los territorios con mapas impresos para que pobladores de los pueblos harakmbut, coreguaje, leco y pemón ayudaran a reconstruir los cambios en sus propias fuentes de agua: aquellas donde juegan, beben, pescan, se bañan y encuentran sustento, o en algunos casos, donde ya no pueden hacerlo.


Fecha de Publicación: 01/10/2026
País/Región: Amazonas
Fuentes Consultadas: Diario Los Tiempos (Bolivia), Portla Mongabay, Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP)

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