La indignante y brutal contaminación industrial en Chile


La contaminación, otra epidemia que confina a los niños de las zonas más vulnerables de Chile

Fecha de Publicación
: 08/06/2021
Fuente: El País
País/Región: Chile


La infancia de Quintero y Puchuncaví tuvo que acostumbrarse a mascarillas, encierros y clases virtuales mucho antes de la pandemia para protegerse de la polución e intoxicaciones masivas por gases nocivos
Camila Ponce se mareó mientras esperaba que su madre y hermano salieran de una tienda. Un dolor intenso de cabeza y espalda la perturbaron. Annais Medina regresaba del colegio a su casa en furgoneta cuando comenzó a sentirse mal. A Vicente Pizarro le invadió una presión fuerte al pecho y Sofía Faúndez tuvo que salir de clase porque sentía dificultades para respirar y un sabor metálico en la boca. El episodio de intoxicaciones masivas provocado por una nube de gases contaminantes perdura vívido en la memoria de los niños, niñas y adolescentes de Quintero y Puchuncaví, dos municipios situados en el litoral central chileno, a 30 kilómetros de Valparaíso y unos cien de Santiago.
En la bahía que une ambas localidades se instaló a partir de los años sesenta un complejo industrial que desde entonces no ha dejado de crecer. Hoy cuenta con al menos 15 empresas activas, entre públicas y privadas: desde termoeléctricas, hasta refinerías de petróleo pasando por centros de fundición de cobre, regasificación de gas natural y descarga y almacenaje de combustibles, entre otras actividades. De estas industrias procede el 80% del petróleo, el 8% de la energía eléctrica que se suministra en todo el país y el gas natural de toda la región metropolitana.
Ya en 1993 el Ministerio de Agricultura estableció que la zona que rodea el complejo industrial de Ventanas, en Puchuncaví, estaba “saturada por anhídrido sulfuroso y material particulado”. Sin embargo, nada ha frenado el aumento de la contaminación del aire. Hoy es una de las cinco “zonas de sacrificio” que existen en Chile, territorios vulnerables marcados por la desigualdad, donde la contaminación industrial afecta de pleno al desarrollo humano. Sus habitantes, unas 50.000 personas, conviven con el humo que emana constantemente de las industrias, los derrames de petróleo. varamientos de carbón y las intoxicaciones masivas. Es común escuchar de los propios quinteranos que se sienten “el patio trasero de Chile”.
Entre el 21 de agosto y el 18 de octubre de 2018, casi 1.400 personas fueron atendidas en el Hospital de Quintero por intoxicación. Presentaban síntomas como cefaleas, vómitos, diarrea, mareos y desvanecimientos. Una nube de gases procedente del complejo industrial impactó en la salud de los vecinos y vecinas, en especial, los más pequeños. El 58% del total de atenciones correspondió a menores de edad, según un informe de la ONG Terram publicado en la revista del Colegio Médico de Chile.
El Gobierno regional de Valparaíso llegó a decretar alerta sanitaria durante varios días, un hecho inédito en un territorio que ya cargaba con un historial de varios episodios contaminantes. Durante este período, ninguna empresa dejó de operar, solo se redujeron sus actividades y paralizaron algunos procesos peligrosos. Sí se suspendieron las clases y actividades educativas. Los estudiantes se organizaron y ocuparon los colegios durante días en una protesta que para muchos fue su propia revolución.

“Todo era un caos”
“Mi madre me acompañó al consultorio. Estaba lleno de abuelos y niños con los mismos síntomas que yo”, recuerda Camila Ponce. La joven, de 17 años, es vicepresidenta del Colegio Sargento de Aldea de Ventanas. De los 23 compañeros de su clase, cuatro, incluida ella, se intoxicaron durante la emergencia. En su informe médico consta un diagnóstico por “efectos nocivos de otros gases, humos y vapores”.
Sofía Faúndez, de 15 años, cursaba su primer año en el Colegio Don Orione de Quintero, cuando ocurrió la crisis ambiental. Había llegado de Quillota, al interior de la región, y no imaginaba qué significa vivir en una zona de sacrificio. Cuando llegó al centro de salud quedó impactada: “Los niños estaban en colchonetas de dos en dos o de tres en tres porque no había más camas, no había más espacio”. Su madre, Carolina Astudillo, recuerda que el hospital estaba “totalmente colapsado” y que iban llegando alumnos en camillas, pero nadie sabía qué pasaba: “Todo era un caos”, dice. Ella se envenenó tres días después.
María Araya, presidenta del Consejo Consultivo del Hospital de Quintero, organismo que representa a los usuarios, fue testimonio de primera línea de aquello. A las 10:50 del 21 de agosto recibió una llamada de su secretario: “Señora María, ¡los niños están cayendo intoxicados! Han tenido que levantar un hospital de campaña para atenderlos”. Su hija enfermó a los pocos días.
“Aquí habíamos vivido cuadros de mareos, vómitos y desmayos, pero esta vez detectamos algo distinto”, cuenta Katta Alonso, portavoz del colectivo Mujeres en Zona de Sacrificio. Hubo sangrados de nariz, adormecimientos de extremidades y afectaciones en la piel. Annais Medina Calderón tiene 11 años y sufre asma crónica. Pasó todo el tiempo que duró la intoxicación masiva encerrada en casa. “No podía ni abrir las ventanas’', dice, pero aún así, los gases la afectaron. “Me llevaron a urgencias y me diagnosticaron una bronquitis aguda, pero no sabían qué tenía en la piel. Primero dijeron que era sarna, pero pasaban los días y las heridas empeoraban. Conseguimos dinero para una clínica de Santiago nos dijeron que todo tenía que ver con la contaminación”, escribe por mensaje con ayuda de su madre, desde su casa, mientras se recupera de la covid-19.
En Puchuncaví, los pequeños de entre uno y cinco años tienen una alta probabilidad de desarrollar cáncer a lo largo de la vida por la exposición continuada a determinados metales. Lo dice el estudio Suelo y polvo domiciliario como medios de exposición humana a metales en la comuna de Puchuncaví realizado por la Universidad Católica de Valparaíso (UCV), que concluye que los niveles de arsénico en los menores de la zona son “inaceptables”. El viento dispersa partículas ricas en estos minerales y las deposita en los suelos y entretechos de las casas, donde los niños permanecen mucho tiempo encerrados para resguardarse del aire tóxico.

“No podemos correr, nos falta el aire”
Como una suerte de preparación para la pandemia, los niños y niñas de Quintero y Puchuncaví conocieron el confinamiento, las clases online y la mascarilla mucho antes de la aparición de la covid-19. Cuando la contaminación se dispara, como en 2018, tienen que aplicar restricciones. No les obliga ninguna autoridad, pero saben que no tienen más opción porque el aire exterior se vuelve irrespirable. “Si hay contaminación no podemos salir al recreo, ni hacer educación física. No podemos correr, nos falta aire y nos da tos, por eso nos tenemos que quedar en la casa, como ha pasado con la pandemia”, cuenta Vicente Pizarro, de 11 años. “Es muy difícil explicar a los niños estas limitaciones que tienen, sobre todo cuando hay esos peak (picos)”, comenta Manuel, su padre, presidente de la organización Movimiento por la Infancia de Quintero y Puchuncaví.
El estudio Afectación de niños, niñas y adolescentes por contaminación en Quintero y Puchuncaví realizado en 2019 por la Defensoría de la Niñez junto a la Universidad Católica de Valparaíso (UCV) sostiene que los menores de la zona han naturalizado “un sentimiento prematuro a la enfermedad y una sensación de fragilidad permanente” generada por el aire que respiran. Sobre el episodio de 2018 dice: “Modificó la forma de habitar su territorio, la representación que tienen de su hábitat y las actividades cotidianas fundamentales para los primeros años de vida, como son el juego, la socialización con pares y el deporte o actividad al aire libre”.
Los 12 kilómetros de bahía que separan Quintero de Puchuncaví han cambiado las “caletas vírgenes y dunas blancas” que recuerda Katta Alonso, residente en el lugar desde hace 50 años, por chimeneas industriales, gasoductos que se adentran al mar y señales de advertencias a los bañistas: ”Playa no apta y no habilitada para el baño. Zona industrial”, que no siempre las cumplen. Ponce ya no baja a la playa de Ventanas. Hace tiempo decidió que no quería bañarse en un lugar “lleno de carbón”. Solo entre el 1 de enero y el 31 de mayo de 2019, en la playa de Ventanas de Puchuncaví, se registraron un centenar de varamientos de carbón y otras sustancias. En enero de este año, los pescadores llegaron a recoger cuatro toneladas de carbón en esa misma playa. José Carvajal es uno de los responsables de esta labor y comenta que cuando el oleaje es bajo y el mar está calmo el carbón queda varado en la arena: “Funciona como una taza de leche: si la dejas quieta, la nata sale arriba”.

En alerta permanente
Hasta ahora se desconoce la cantidad y el tipo de contaminantes que emitió cada una de las empresas entre agosto y octubre de 2018. Precisamente, esa fue una de las peticiones que formuló la Corte Suprema, a través de un pronunciamiento que se consideró histórico a favor de los afectados. El fallo, que en agosto cumplirá dos años, también dictaba otras 15 medidas para evitar nuevas intoxicaciones. El tiempo ha pasado, pero para los habitantes de la zona ha habido pocos avances.
“El tribunal no estableció plazo alguno para cumplir sus disposiciones y con eso se lavó las manos”, dice Katta Alonso. El Ministerio de Medio Ambiente puso en marcha un Plan de Prevención y Descontaminación Atmosférica que para los vecinos es insuficiente. Consideran que se limita a fiscalizar las emisiones que ya recoge la normativa, pero no amplía a otros gases como los distintos tipos de compuestos orgánicos volátiles. También alegan contra unas leyes demasiado “laxas” comparadas con los estándares recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS). “Desde los episodios de contaminación hemos estado bajo un total olvido. Ha habido un abandono muy grande por parte de gobierno y las autoridades locales”, lamenta Carolina Astudillo.
Los habitantes de la bahía viven en un estado de alerta permanente. Para algunos, incluso de miedo. Manuel Pizarro ha decidido irse de Quintero con su hujo y el resto de la familia: “Los pediatras nos recomendaron buscar otro lugar para evitar problemas bronco-pulmonares o de asma”. Faúndez no es muy optimista sobre el futuro de la zona, pero no se quiere ir: “A pesar de todo, adoro Quintero”. También Ponce y Medina quieren permanecer ahí: “¡No somos nosotros quienes debemos irnos!”, exclama Medina. Todos coinciden en una idea que ella sintetiza: “Tenemos el derecho de vivir en un lugar sin contaminación”.
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