Brasil, sequía y deforestación, la interrelación

Brasil, la sequía y el precio de la deforestación

Fecha de Publicación
: 03/02/2015
Fuente: Infolatam
País/Región: Internacional


El nombramiento como nuevo ministro de Ciencias de Aldo Rebello, un conocido “negacionista” del cambio climático, por la presidenta Dilma Rousseff ha inquietado a los ecologistas brasileños. No es para menos. En sus días como fogoso congresista del Partido Comunista, Rebello tildaba de “agentes del imperialismo” a quienes atribuían el calentamiento atmosférico a la actividad humana.
La impresión de que Brasil va a liberalizar aun mas sus leyes medioambientales para impulsar el crecimiento económico la refuerza el hecho de que la nueva ministra de Agricultura, Kátia Abreu, portavoz del poderoso ‘lobby’ agrícola y senadora por el Estado de Tocantis, haya colaborado estrechamente con Rebello en la reforma de las leyes de protección forestal en el Congreso federal.
Lo paradójico del caso es que ello ocurra en medio de la mayor sequía que haya afectado al país en casi un siglo, una crisis hídrica directamente relacionada con la deforestación amazónica. Sao Paulo, la ciudad más poblada del hemisferio, está sometida a crecientes restricciones del uso de agua debido a que el sistema acuífero de Cantareira, cuyos seis reservorios suministran agua al 45% de los casi 20 millones de habitantes del área metropolitana paulista, está actualmente en el 6% de su capacidad.
En las dos primeras semanas de enero, en plena estación lluviosa, las precipitaciones en el estado de Sao Paulo –responsable del 30% del PIB brasileño– apenas superaron los 7,1 centímetros, muy por debajo de la media habitual del mes, de 27,1 cms. Como resultado, en algunos barrios residenciales el agua se corta en las noches desde las 10 pm, mientras que restaurantes y bares han comenzado a utilizar vajilla desechable para evitar lavar platos y vasos. La policía se ha visto obligada a escoltar a los camiones cisterna que llevan agua a las favelas y a los pueblos del extrarradio paulista para impedir que sean asaltados.
Sabesp, la empresa pública de gestión del agua del estado y que durante meses ignoró la amenaza de la sequía, ha anunciado inversiones por valor de 1.900 millones de dólares para construir dos plantas de reciclaje de agua y 29 nuevos reservorios. Pero todo ello servirá de poco si no vuelve a llover como antes. La falta de lluvia y las altas temperaturas van a acelerar la evaporación de las represas, advierte Instituto Nacional de Meteorología. Y en un país que genera el 75% de la electricidad que consume a partir de fuentes hidroeléctricas, el racionamiento de energía podría hacerse inevitable si la sequía persiste.
El mayor problema es que la sequía no parece coyuntural. Por el contrario, las evidencias científicas indican que está estrechamente vinculada al cambio climático. Si ello es así, la sucesión de extremos lluviosos y secos ha llegado para quedarse, desmintiendo el viejo dicho de que lo primero que se lleva la lluvia es el recuerdo de la sequía.
Según Carlos Nobre, miembro de la Academia Brasileña de las Ciencias, las enormes extensiones de asfalto y cemento de Sao Paulo generan una “isla de calor” artificial que está reduciendo las precipitaciones en su entorno. Debido a la masiva deforestación de la floresta atlántica, el agua que antes capturaban sus árboles ahora se pierde en riadas de lodo. De hecho, la Serra de Cantareira ha perdido el 80% de sus bosques por la expansión de la agricultura y de las plantaciones de eucaliptos madereros.

Sequía y deforestación
Brasil –el cuarto mayor emisor de gases de carbono después de China, EE UU y Rusia– se había ganado los elogios de la comunidad internacional por haber recortado entre 2004 y 2012 significativamente sus emisiones reduciendo la deforestación de la Amazonía. Pero en 2013 sus emisiones se volvieron a disparar un 7,8%. El Observatorio del Clima, una red de ONG ecologistas, atribuye el fenómeno básicamente a la destrucción de los bosques y al creciente número de plantas eléctricas que queman combustibles fósiles.
Según Nicole Bernex, del Instituto de Investigación y Desarrollo de Francia, los bosques tropicales actúan como una gigantesca esponja que absorbe la lluvia, liberando luego el agua que capturan en forma de corrientes. Ese proceso explica porqué la pérdida de la floresta de la Serra de Cantareira ha aumentado la erosión y alterado los ciclos pluviales.
El problema no se limita a Brasil. La Amazonía, que representa un 15% de la descarga mundial de agua dulce fluvial, actúa como un regulador del sistema climático terrestre. Bernex sostiene que si la pérdida de los bosques amazónicos llega a superar el 30%, frente al 20% actual, se reducirá la liberación de vapor de agua en la atmósfera, con graves consecuencias para el ciclo hidrológico global.
Nobre se muestra de acuerdo con Bernex: “La Amazonía exporta, a través de verdaderos ríos aéreos de humedad, lluvias a casi todo el territorio brasileño, pero también a regiones de Bolivia, Paraguay y Argentina, a miles de kilómetros de distancia”, explica.

Un problema continental
Los efectos del cambio climático ya son claramente perceptibles en el conjunto de América Latina y el Caribe (AL-C), una región de especial vulnerabilidad ecológica. En una reciente conferencia en el Interamerican Dialogue de Washington, Augusto de la Torre, economista-jefe del Banco Mundial para la región advirtió que “si no avanzamos en la eficiencia energética y en reducir la contaminación nos acercaremos aun más al precipicio”.
Entre los principales efectos del cambio climático en la región –2014 fue el año más caliente desde que se llevan registros– están el deshielo de los glaciares tropicales andinos y la progresiva desaparición de los arrecifes de coral en el Caribe.
AL-C solo representa el 9% del PIB mundial, pero emite el 12% de los gases de carbono. El 47% de esas emisiones se debe a la deforestación. La media mundial es del 18% y en Brasil esa proporción es del 75%. Entre 2005 y 2010 la región perdió unos 200.000 kilómetros cuadrados de bosques, una superficie similar a la de Ecuador. Según el World Resources Institute, desde 2000 AL-C ha perdido casi 36 millones hectáreas de selva y sabanas por la ampliación de la frontera agrícola.
Pero algo ha comenzado a cambiar. Entre las iniciativas medioambientalistas más importantes esta el proyecto brasileño ARPA para proteger el 60% de sus bosques amazónicos, es decir, unos 528.000 kilómetros cuadrados, una superficie similar a la de España. Colombia, por su parte, se ha propuesto alcanzar una tasa deforestación neta del 0% en su región amazónica para 2020, lo que implicará proteger 28.000 kilómetros cuadrados de bosques a través del proyecto Visión Amazonía.
En el Perú, que concentra el 70% de los glaciares tropicales del mundo y que han perdido el 20% de su masa en los últimos 30 años, el gobierno de Ollanta Humala ha firmado un convenio con Noruega para dirigir cientos de millones de dólares a la financiación de proyectos de conservación forestal que incluyen la vigilancia por satélite de los bosques amazónicos, el pago por resultados medidos en función de la reducción de emisiones y la emisión de bonos “verdes” que canalizarán inversiones a proyectos ecológicos.
En la conferencia medioambiental de la ONU en Lima (COP20) del pasado diciembre, el país andino se comprometió a reducir su tasa de deforestación neta al 0% para 2021, lo que exigirá reforestar 100.000 hectáreas anuales. La deforestación actual es responsable del 41% de las emisiones de gases de carbono del país.
Pero en el plan de cambio climático peruano no se contempla la titulación de las comunidades amazónicas nativas. De las nueve millones de hectáreas deforestadas, solo un 18% son terrenos privados titulados. El resto está en manos de usufructuarios sin título y de comunidades nativas, que deberían tener una propiedad efectiva de sus territorios –y no solo la cesión para su uso, como ahora– para poder convertirse en sus guardianes mas eficaces.
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